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Al igual que todo el territorio guerrerense, el municipio de Chilpancingo presenta restos arqueológicos en numerosos lugares que fueron ocupados por pobladores desde hace más de 2500 años, asentándose junto a los ríos, en valles, en laderas, en cimas y en terrenos fértiles. Algunos fueron pequeños caseríos, otros fueron verdaderas ciudades, otros tuvieron un carácter ceremonial, mientras que otros más funcionaban como puntos de vigilancia en tiempos de guerra y para el comercio que ocurría entre el Altiplano Central y las costas, también con Oaxaca y con Michoacán.

El actual municipio de Chilpancingo, en la época prehispánica, es decir, en tiempos anteriores a la Conquista Española, fue un territorio que siempre estuvo conectado con los grandes acontecimientos de florecimiento y de guerra que ocurrían en toda Mesoamérica. Las características de los restos arqueológicos diseminados en todo el municipio nos proporcionan información sobre varios de esos acontecimientos.

Por ejemplo, las figurillas de barro que representan personajes con deformación craneana, ojos rasgados y cuerpo regordete encontrados en la Colonia Temixco II y Coovisur, nos muestra que existió algún tipo de asociación entre los pobladores del valle de Chilpancingo con aquellas poblaciones de la Costa del Golfo (Veracruz y Tabasco) que hacían objetos de estilo olmeca entre los años 800 y 200 antes de Cristo (a.C.) en un estilo religioso-político que se generalizó en casi todo México.

En épocas posteriores, Chilpancingo continuaba manteniendo relaciones comerciales, religiosas y políticas con el resto de Mesoamérica. Así lo atestigua la estela de piedra donada al Centro INAH Guerrero por parte de la escuela primaria “Antonio A. Guerrero” del barrio de San Antonio; el personaje representa la figura del dios Tláloc en un estilo teotihuacano pero de una época terminal, entre los años 650 y 750 d.C. Esta importante pieza arqueológica, así como los restos arquitectónicos detectados al norte del valle de Chilpancingo, en “Cerrito Rico”, señalan algún tipo de relación cultural que existió con Teotihuacan, seguramente por cuestiones de comercio, pues Chilpancingo fue uno de los puntos por donde los comerciantes pasaban con conchas marinas hacia el norte, llegando hasta el valle de México. En la zona arqueológica Pezuapan de la Colonia INDECO, se encontraron conchas marinas que atestiguan esos contactos comerciales y religiosos.

La población prehispánica de Chilpancingo seguramente formó parte de las acciones bélicas que se emprendieron a nivel generalizado en Mesoamérica desde los teotihuacanos, quizás por el año 500 d.C., continuándose con los toltecas y posteriormente con los mexicas.

La riqueza arqueológica del municipio de Chilpancingo merece ser respetada y protegida por propios y extraños. El saqueo, la compra-venta y el tráfico de piezas arqueológicas, fomentados y practicados por personas sin escrúpulos, deben ser rechazados por la población civil, que es la que se ve afectada al desconocer su patrimonio cultural, sus raíces indígenas y sus orígenes, la base de un orgullo que aún tenemos los guerrerenses y que es necesario compartir y mostrar ante los demás. Ese sentido de pertenencia y de respeto será en beneficio de Chilpancingo.

EL VALLE DE CHILPANCINGO
Arqlgo. Miguel Pérez Negrete
Centro INAH-Guerrero

El valle de Chilpancingo fue en la época prehispánica un excelente lugar para los asentamientos humanos: al estar rodeado de agrestes cerros y sierras, daba una gran riqueza en recursos de subsistencia, además de que los múltiples manantiales y lomeríos permitieron poblados desde hace 2800 años con una alta densidad poblacional, como lo denotan los 59 sitios arqueológicos hallados en el Valle, algunos con más de 50 hectáreas de extensión.

Respecto a los antiguos habitantes, los llamados arqueológicamente como olmecas representan la ocupación más temprana, remontándose al 800 a.C., es decir, hace 2800 años, en el periodo conocido como Preclásico. Los olmecas se establecieron principalmente en el centro-oriente del Valle, en lomeríos bajos, al oeste de la colonia Rodolfo Neri Vela, en Coovisur y en Temixco, así como lomeríos altos en la Colonia CNOP “C”.

Para el periodo Clásico, entre el año 200 y 750 d.C., es cuando logra su esplendor la Ciudad de Teotihuacan en el Altiplano Central. De periodo, la arqueología posee pocos datos de Chilpancingo, y en general de Guerrero. Sabemos que por una parte ocurre una extensión de las tradiciones culturales del Preclásico y por la otra, se crean rutas comerciales teotihuacanas muy definidas que permitían la obtención de productos tropicales, concha marina y piedra verde. Hasta ahora, el único sitio en Chilpancingo del que se tiene con seguridad una ocupación del Clásico es Cerrito Rico, donde hace unas décadas, el arqueólogo Paúl Schmidt halló arquitectura teotihuacana.

Posteriormente, durante el Epiclásico el Valle de Chilpancingo formó parte de la extensión geográfica de la Cultura Mezcala, sucediendo un gran auge poblacional en Chilpancingo, con grandes asentamientos emplazados en la parte baja y alta del valle. Nos ubicamos ahora entre los años 750 a 900 d.C.

Durante este tiempo, Cerrito Rico alcanza su mayor extensión con cerca de 80 hectáreas, fortaleciéndose centros como el sitio Pezuapan de la Colonia INDECO y surgiendo otros que actualmente ocupan Tlalpizaco, Cerro Trincheras, los cerros aledaños a Villas de Ocotepec, Altos de Tepango y un sitio desaparecido bajo Atlitenco de Altamira. Algunos de esos sitios se ubican en las crestas de cerros y en posición defensiva, pudiendo deberse a un contexto bélico entre diversos centros poblacionales.

Durante el siguiente subperiodo, el Posclásico Temprano (950 a 1300 d.C.), Cerrito Rico se contrae y la mayoría de sitios en las crestas de los cerros desaparecen, existiendo una concentración poblacional de 80 hectáreas en el centro oriente del valle, cuyos remanentes arquitectónicos pueden verse en el sitio Pezuapan de la Colonia INDECO. Para entonces se denota en el valle una fuerte influencia tolteca. Otros sitios del Posclásico Temprano se ubicaban en las cercanías de Villa Lucerna, en Huitzicatzin (Hoy desaparecido bajo la unidad habitacional de Las Torres) y El Tomatal.

Ya al final de la época prehispánica, en el Posclásico Tardío (1300 a 1521 d.C.), es desocupado el sitio de Pezuapan a la par de un despoblamiento del cual sólo quedaron pequeñas aldeas en la parte alta de Atliltenco de Altamira, la Colonia Ruiz Massieu y el centro de la Ciudad de Chilpancingo. Para ese momento, en tiempos de la expansión de los mexicas, el valle parece haber sido ocupado por los yopes. Resta decir a groso modo, que la franja de lucha entre yopes y mexicas se ubicaba entre Zumpango, Chilpancingo y Quechultenango.

Zona Arqueológica Pezuapan, COLONIA UNIDAD GUERRERENSE O INDECO
Arqlgo. Miguel Pérez Negrete y Arqlga. Elizabeth Jiménez García
Centro INAH-Guerrero

Dentro de la ciudad de Chilpancingo, en la Colonia Unidad Guerrerense (INDECO), se encuentra la Zona Arqueológica Pezuapan. En este lugar se pueden observar los remanentes de un gran centro poblacional que se desarrolló en las laderas del oriente del Valle de Chilpancingo, que alcanzó su auge poblacional entre los siglos IX y XI d.C., es decir, entre los años 800 y 1100 de nuestra era, aunque su surgimiento puede remontarse unos siglos antes. De dicho asentamiento, en la actualidad sólo media hectárea se conserva bajo resguardo, pues la mayor parte del sitio ha quedado cubierto por la mancha urbana de la capital guerrerense.

Los remanentes visibles son parte de un gran basamento piramidal, de 50 m por lado y 12 metros de alto. Seguramente era el centro cívico-ceremonial de ese asentamiento, del cual desconocemos su nombre y etnia, pero por la arquitectura podemos deducir que en un momento se integró a la Cultura Mezcala, y a partir del año 900 d.C. comenzó a presentar influencia tolteca.

La fachada principal se encuentra hacia el poniente, donde unas escalinatas múltiples permitían ascender a la parte superior por medio de diversos niveles. Ahí se realizaban ceremonias religiosas que incluían la quema de copal en grandes braseros rituales. La parte superior del basamento debió estar conformada por las habitaciones de la clase gobernante que, como era propio de la época prehispánica, se encontraba estrechamente vinculada a la religión. En los alrededores del gran basamento se construyeron unidades habitacionales y posibles espacios administrativos donde se han encontrado restos de concha marina y alabastro.

La zona arqueológica debió haber sido un asentamiento importante a nivel regional, pues se observan algunos excesos en el uso de materiales constructivos. La cal, material constructivo que debía traerse de otros lugares, fue usada para disponer gruesos pisos de estuco dentro de las habitaciones en el aplanado de las paredes; todo el basamento piramidal fue estucado, pues se han encontrado algunos restos tanto en los escalones como en las alfardas. La piedra trabajada en bloques y lajas (de caliza y cantera rosa y verde), así como los grandes volúmenes de relleno durante las distintas etapas constructivas, denotan un poder político, religioso y administrativo que debió tener el asentamiento, lo cual contrasta con otros sitios del valle de Chilpancingo contemporáneos que poseen sistemas constructivos más modestos. Algunos pisos de estuco fueron pintados de rojo, y al parecer los gruesos muros de “cal y canto” se levantaban hasta el techo, cuando en otros lugares era común que el alto de los muros fuera hecho de bajareque, es decir, de varas amarradas recubiertas con lodo.

Los remanentes de lo que pudo haber sido una ciudad prehispánica se distribuyen a lo largo de 80 hectáreas, donde se encuentran, sobre todo como parte del área nuclear del asentamiento, arquitectura de piedra labrada, pisos de estuco, varios tipos de canales de desagüe y algunos entierros humanos.

A nivel local, la numerosa población de Pezuapan dependía de una gran cantidad de manantiales que le surtían de agua, mientras que el valle fértil, inundado con las aguas del río Huacapa, proveía de los alimentos cultivados que se obtenían gracias a la siembra de regadío. Ambos factores parecen haber permitido el crecimiento y auge de Pezuapan, convirtiéndose muy probablemente como uno de los asentamientos que controlaban las rutas o corredores naturales que unían el centro de México con el Océano Pacífico, mediante el cual se comerciaban productos marinos y tropicales cuyo destino era el altiplano. Ante esto no es de extrañar la fuerte influencia tolteca que se observa al final del auge de Pezuapan, pues la existencia de braseros en la zona arqueológica, característicos del Horizonte Tolteca, denotan que Pezuapan debió conservar su supremacía como un centro rector.

Por el momento desconocemos los motivos por los que Pezuapan fue abandonado o deshabitado. Quizás intervinieron factores como los cambios climáticos o pugnas internas por el poder político y religioso, aunado a un incremento de acciones bélicas que finalmente provocaron que sus pobladores se desplazaran a zonas serranas de difícil acceso, desocupando los valles para iniciar nuevas construcciones y fortificarse en la cima de cerros, aparentemente motivados por pugnas locales inter-étnicas.

Al momento de las incursiones mexicas (siglo XV), el valle de Chilpancingo poseía muy pocos poblados y de pequeña envergadura, es decir, pequeños caseríos; era parte de los límites sureños de los recientes territorios conquistados por el imperio mexica y cuyo bastión era Zumpango, colindando más hacia el sur con el territorio bélico de Yopitzingo.

Cuando México-Tenochtitlan se encontraba en pleno apogeo (siglo XVI), controlaba toda el área de Chilpancingo, por lo que decidía sobre su economía (tributos), su política y su religión (sujeción ideológica). Sin embargo, para la época en que los españoles estaban llegando a Mesoamérica, Chilpancingo estaba bajo el dominio yope, una situación tan distinta a cuando Pezuapan había tenido su época de esplendor, cuatrocientos años atrás.

Resta decir que la Zona Arqueológica Pezuapan fue descubierta en 1982 cuando una maquina abría una calle, pasando a destruir la fachada sur del gran basamento piramidal. Recientemente, en el año de 2005 inició el Proyecto de Investigación y Conservación de la Zona Arqueológica de INDECO, conocido como Proyecto Arqueológico Pezuapan, realizándose excavaciones arqueológicas. Durante el año de 2006, el Instituto Nacional de Antropología e Historia continuará con los trabajos de exploración; gracias a la gestión del Alcalde de Chilpancingo, Lic. Mario Moreno Arcos, la federación a través de la Cámara Federal de Diputados, destinará 1,500,000.00 para coadyuvar con las investigaciones y consolidación arquitectónica de la Zona Arqueológica de Pezuapan.

Tehuacalco
Arqlgo. Miguel Pérez Negrete
Centro INAH-Guerrero

Sitio arqueológico localizado al sur del municipio de Chilpancingo de los Bravo, cerca de la colindancia con el municipio de Juan R. Escudero, adyacente a la carretera libre México-Acapulco. A partir del año 2006 iniciarán trabajos arqueológicos por parte del Instituto Nacional de Antropología e Historia para excavar Tehuacalco y que pueda ser abierto al público. Su apertura se debe al interés y a un gran esfuerzo del gobierno federal, el estatal a través de la Secretaría de Fomento Turístico y el municipal de Chilpancingo de los Bravo.

De lo poco que sabemos en la actualidad, fue un gran centro ceremonial ubicado en el extremo de un gran corredor natural que unía el altiplano con la costa; además, se situó en la cima de una alta loma con varias fuentes de agua, lo que le proporcionó una ubicación estratégica.

Su ocupación se remonta a los últimos siglos previos a la conquista española; tiene entre 800 y 500 años de antigüedad. Respecto a sus características, sobresale por el tamaño de sus estructuras, entre las que destaca un gran basamento piramidal de 15 metros de alto, distribuidas a lo largo y ancho de 20 hectáreas. Se hallan también otras estructuras como un juego de pelota, lugar donde se llevaba a cabo un ritual que representaba la eterna y cíclica lucha del día y la noche, de los contrarios que conforman el universo, la vida y la muerte.

Frente a la estructura principal, en una roca, fueron labradas las improntas de pies humanos, las cuales señala la tradición como las huellas del gigante Tehua, quien después de construir sus casas con piedras enormes, estampo sus pies en la roca para hacer manifiesta su obra. Más halla del mito, Tehuacalco significa, en náhuatl, “en el lugar de la caja de piedra” (Tetl=piedra + huacalli=caja + -co=en el lugar), posiblemente reflejando las edificaciones que parecen cajas, formadas con grandes bloques careados de granito, y que si bien en el imaginario popular sólo las hubiera podido mover un gigante, denotan en realidad el poderío para concentrar fuerza de trabajo por parte de un grupo humano.

Además de la monumentalidad del sitio, el área que ocupa es importante, conocida como el Yopitzingo; los yopes son un grupo guerrero que nunca pudo ser conquistado por los mexicas, los cuales eran considerados bárbaros semi-sedentarios, contrastando con las características de Tehuacalco. Así, el sitio arqueológico de Tehuacalco permitirá conocer aspectos del territorio Yope, al cual perteneció alguna vez el Valle de Chilpancingo.

 

Arqlga. Elizabeth Jiménez García Centro INAH Guerrero